Educando emocionalmente a nuestros hijos

Promover una vida emocional saludable es vital para el desarrollo integral del individuo. Ayuda a mejorar el autoconocimiento y el autocontrol, favorece a la capacidad de empatizar con los demás y es esencial para desarrollar estrategias para la resolución de conflictos. Si pensamos sobre aquellas características que deseamos que nuestros hijos desarrollen en el futuro, entendemos que para lograrlas es necesario que sean capaces de conectar con sus propias emociones.

A pesar de la importancia de este tema, la mayoría de los padres no hemos sido educados emocionalmente. Probablemente, muchos fuimos criados por padres que tampoco tenían conocimientos sobre esto, por lo que tuvieron dificultad para entendernos y conectar con nosotros. Hemos tenido que ir aprendiendo al andar, por lo que, en ocasiones, aún nos cuesta entender las emociones de nuestros hijos y buscar vías de cómo ayudarlos a autorregularse.

Sin duda al hablar de emociones, es imprescindible entender que todos los seres humanos experimentamos un sin número de emociones y sentimientos que nos acompañan a lo largo de nuestra vida. Estas emociones no se clasifican en positivas o negativas, simplemente existen y necesitan ser reconocidas, aceptadas y expresadas.

Desde este punto de partida, todos tenemos derecho a vivir y expresar nuestro sentir. Por lo que el contexto familiar, necesita ser un espacio seguro y libre, que permita a sus miembros abrirse y manifestar cómo vive cada una de sus experiencias.

Ahora, ¿cómo podemos fomentar una educación emocional saludable en nuestro hogar? Antes de enfocarnos en cómo ayudar a nuestros hijos, resulta importante que, como padres, aprendamos a estar en contacto con nuestra propia vida emocional. Muchos padres desean que sus hijos no hagan rabietas y que se manejen apropiadamente en momentos de frustración. Sin embargo, ellos mismos cuando se enfadan, son los primeros en gritar o perder la paciencia. Es necesario recordar, que los adultos somos modelos para nuestros hijos, aprenden más de nuestra forma de actuar que de nuestro discurso. Parte de nuestra tarea es preguntarnos continuamente cómo nos sentimos y observar la manera en que estamos expresándonos.

En lo que respecta a la educación de nuestros hijos, es valioso ayudarlos a conocer sus emociones, sin juzgarlos, ni criticarlos. Cuando los niños son pequeños, les cuesta reconocer y nombrar sus sentimientos. Por lo tanto, es importante que los padres nos convirtamos en traductores emocionales de nuestros hijos. Esto significa ser capaces de reconocer qué están sintiendo, ayudándoles a ponerle nombre. Para lograrlo podemos guiarnos de su lenguaje no verbal, es decir, sus gestos, sus movimientos, sus silencios. Lo interesante no es sólo lo que nos dicen, sino cómo lo dicen. Por igual, los adultos podemos ayudarlos a contenerse y regularse. Para esto, requerimos nosotros estar en calma e irles ayudando a través de la respiración o la contención física hasta que logren tranquilizarse.

Podemos aprovechar cuentos, juegos y situaciones cotidianas, para hablar sobre el tema de las emociones y explorar con los niños diversas alternativas sobre cómo usar de forma constructiva sus sentimientos.

A medida que van creciendo, vamos creando espacios de diálogos abiertos, donde los hijos puedan hablarnos con libertad. Resulta imprescindible que los padres evitemos realizar juicios de valor o caer en sermones extensos que provocan que nuestros hijos pierdan el interés en acercarse. Cuando nuestros hijos son adolescentes, es importante que los padres le den el espacio necesario para que puedan conectar consigo mismos y luego conversarlo en casa. Obligarlos a hablar solamente conseguirá cerrar las vías de comunicación. Para ellos es importante sentir que sus padres lo entienden y le acompañan a buscar vías saludables para resolver sus conflictos. La clave está en crear un balance entre darles su espacio y, a la vez, dejarles saber que estamos disponibles para cuando estén listos para conversar.

Podemos afirmar que una familia emocionalmente saludable desarrolla vínculos más genuinos y sinceros, cuyo resultado no solamente se evidencia dentro de los límites del hogar, sino que trasciende a los vínculos sociales que vamos fomentando a lo largo de nuestra vida.

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